Chapu Apaolaza en Namibia.

Chapu Apaolaza, desde Cadiz (España), nos manda este hermoso relato de su tiempo en la Costa de los esqueletos, en Namibia. Tuvo la genial idea de abrirnos el sonido que vivió esa noche subiéndolo a RedPanal. Aparte de ser un texto que retrata muy bien la capacidad emotiva del sonido -cuestión de por si meritoria-, muestra también en forma concreta otros usos de nuestra red, diferentes de los que hemos hablado en este blog, asociados directamente a la producción musical. A RedPanal los usuarios lo van resignificando y reconstruyendo permanentemente.

«Hay casos en los que la gramática, los vídeos y las fotos no sirven para contar. Ninguno de los tres puede explicar a un occidental lo que significa inmenso, soledad, luz, sol, agua, estrellas, sonrisas. Al menos lo que significan en la Costa de los esqueletos (Atlántico), a cientos de kilómetros del extraño más cercano, en medio de la nada, justo en el lugar donde nada tomó su nombre.
El salto es demasiado grande para un relato entendido a la manera clásica. Es en ese momento íntimo y frustrante en el que funcionan, a veces, los sonidos. Una noche, en el campamento de Skeleton Coast -un parque nacional de miles de kilómetros cuadrados al que solamente pueden acceder 12 turistas-, nuestros anfitriones se pudieron a cantarnos en un escenario oscuro, con la Vía Láctea de atrezzo. Decidí grabarlo con la cámara de fotos orientada hacia ninguna parte, pues el momento no se merecía un vídeo. Quizás solamente guardar el sonido de lo que vivimos, los acordes de un mundo tan distinto. Decidí subir par de canciones a Redpanal, como único vehículo de sensaciones. Está mal grabado, incompleto… pero me habla de playas desérticas cuajadas de esqueletos de ballenas, de historias de náufragos, de dunas rugientes, elefantes del desierto, de serenatas de chacales al pie de una tienda, de amaneceres y de cientos de kilómetros en jeep, de lo que compartimos con los que cantan. No es un sonido profesional, sencillamente un sonido historia. Si consigo que alguien sienta ese salto geográfico y humano que sentí yo, el sonido valdrá por mil. Si a alguien le sirve para crear, valdrá más.

A Isak Dinesen sí le sirvió la gramática:

«Conozco una canción de África, que habla de la jirafa y de la luna nueva africana descansando sobre su lomo, de los surcos en los campos de cultivo y de las caras sudorosas de los recolectores de café. ¿Acaso conoce África una canción que hable de mí?»

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