Con la consolidación de la industria musical se dan una serie de debates sobre el rol del arte y su capacidad de transformación sobre la realidad. Podemos decir que tienen en común el objetivo de destruir al arte como “institución”, aunque discrepan fuertemente en la evaluación sobre las condiciones de existencia de la misma y la forma de lograr una praxis consecuente.

Retomamos algunos posicionamientos al sólo fin expositivo. La elección de los autores a los que haremos referencia (Walter Benjamin y Adorno) no es aleatoria, pero de ninguna manera cierra la discusión sobre la temática: estos autores han generado una vasta producción intelectual de la cual estamos haciendo sólo un recorte; otros intelectuales han tenido posiciones diversas y antagónicas, algunos con “mayor peso en la realidad” (Lukacs y el realismo socialista sería el ejemplo más claro); muchos otros sumaron importantes aportes posteriores (en la larga lista se incluirían personas como Sartre, Althusser, Foucault, Bourdieu o Jameson, pero también Mariátegui, Carpani o Rivera). Simplemente, elegimos dos disparadores que nos interesan para pensar el presente.

En 1934, Walter Benjamin expone en una conferencia de intelectuales y artistas realizada en París (El autor como productor). En la misma discute con las concepciones políticas y estéticas que se proponen “comprometidas”, centrando su práctica en poseer la tendencia correcta. Benjamin afirma la necesidad de la literalización del arte como requisito para su politización, pero se opone al arte que hace de la pobreza y de la lucha contra la pobreza un producto de consumo. Entiende que caen en un error aquellos artistas que creen poseer de esta manera el aparato de producción y reproducción cultural, que por el contrario los posee a ellos. En tanto que no existe una verdadera apropiación y transformación de dicho aparato cultural (con un sentido socialista, afirma Benjamin), los artistas son funcionales a aquello que piensan combatir: la industria cultural y el modelo  social que le sirve de base.

De tal forma, Benjamin propone una transformación funcional del intelectual y el artista con tal fin, tomando a Brecht como referencia. Para no caer en posiciones paternalistas, de mecenazgo ideológico de las masas, el artista debe concebirse a si mismo como productor, inserto en una trama industrial específica. Su alianza con los sectores populares será entonces orgánico y las modificaciones que él mismo logre en la industria cultural serán parte de la relación de fuerzas integral.

Por su parte, Theonor Adorno (Escuela de Frankfurt) en El artista como lugarteniente propone un tratamiento radicalmente diferente del arte no hegemónico. El mismo caracteriza al capitalismo moderno como un sistema que se basa en una división social del trabajo que enajena al trabajador de su fuerza de trabajo, y que complementaria y permanentemente, construye subjetividad humana de forma disgregada, alienada. Concebir un arte con conciencia de totalidad, frente a un sujeto histórico que no la tiene, es un error que lleva a un tipo de acción errada. El artista, por el contrario, debe afianzarse en su especialización y crear una obra negativa, que con su inmanencia formal resista a su propia circulación y posibilidad de comercialización. Es interesante notar que los artista que Adorno toma como ejemplo, coherentemente con el planteo, no necesariamente tienen algún tipo de actividad política concreta. En el campo de la música, propone a Arnold Schönberg. Como es sabido, dicho compositor imprimió una de las mayores disrupciones que hayan existido con su sistema dodecafónico. Después de siglos de predominancia de la música tonal, la irrupción de este planteo vanguardista abrirá el camino al serialismo y la indeterminación. La “institución musical” será conceptualmente destruida. Su materialidad seguirá intacta.

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